viernes, 26 de setiembre de 2008

RAFO LEÓN: "PUNTO PARA MÍ"


MAL DE MUCHOS

Punto para mí

Rafo León

Mi generación, la setentera, cultivó junto con la marihuana en macetas, una serie de valores anarquizantes y contestatarios que se expresaban ruidosa y coloridamente en una manera de vestir, de interpretar música, de amar, de dejar de hacer lo que nuestros papás querían que hiciésemos. El hipismo, surgido en el Liverpool de The Beatles y en el campus de las universidades californianas, propugnaba entre otras cosas el no ejercicio de la competencia en ningún orden de cosas, sobre la idea de que cada ser humano es lo que es, libremente, y no tiene que andar dejando los nervios en trifulcas por el poder, el dinero o la fama, que lo único que producen es neurosis, paranoia y gastritis. Esa manera de ver y de vivir a mí me marcó lo suficiente como para pretender extender mi juventud a etapas de la vida en las que hay que tomarse las cosas más en serio y colocarse en un escalón llamado madurez, al que no me fue fácil arribar, si es que he conseguido hacerlo. Lo dudo.

Para una persona así, con las ideas largas aún cuando estuviera desapareciéndole el pelo de la cabeza, la aparición de los yuppies, a fines de los años 80 e inicios de la década siguiente, fue como si una legión de marcianos aterrizara en la Plaza Mayor de Lima. También venidos del norte anglosajón, los yuppies eran unas cosas vestidas iguales entre sí, que hablaban todo el tiempo del mercado, la bolsa, el costo-beneficio y el valor agregado. Ellos, de terno sport con pantalón caqui y blazer azul, parecían haber renunciado deliberadamente a la cultura y se preciaban de ser unos absolutos ignorantes en todo lo que no fuera práctico. Ellas, de sastrecito oscuro y pañuelo Hermes --comprado en el duty free-- sobre los hombros, andaban por la vida comparándose con los demás como si el asunto se tratara de una carrera de obstáculos. Hay que recordar que en la Norteamérica postsetenta, el yupismo aparece no solamente como una reacción contra el desestabilizador hipismo sino también como una nueva y peculiar forma de ejercicio democrático. Léase: todos somos iguales en el parador, las diferencias las pone la competencia.

Pero Lima es Lima y como tal, asumió el yupismo en ciertos aspectos pero omitió otros que curiosamente son los que tenían que ver con el comportamiento democrático y la equidad en el parador. Los jóvenes limeños de ese entonces, al menos los que yo recuerdo, se vestían idéntico entre ellos y hablaban las mismas cosas, pero desde la certeza de que todos somos iguales ante la lucha por la vida, solo que hay algunos más iguales que otros. De esta forma, 'moderno' era aquel limeño recién salido de la pubertad, formado en Harvard, que tenía la cabeza llena de Dow Jones y Merrill Lynch pero a la vez, demostrando que la cuadratura del círculo es parte de la rutina capitalina, ese muchacho, esa chica, los representantes de la nueva generación de competitivos profesionales sin atavismos racistas, componían una logia superlinda porque no había cholos en el entorno que molestaran como pelos en la sopa.

Trabajé alguna vez con yuppies limeños. Me producía flatos escucharlos conversar. Por ejemplo, discutían sobre cómo maximizar las utilidades de una transnacional en África Central. Uno decía que así, la otra que asá. Hasta que un tercero anotaba, "pucha, eso ya lo escribió Schumpeter", a lo que el resto respondía, "punto para ti". Es que vivían acumulando puntos, como en tarjeta Bonus. Eran republicanos en tiempos de Fujimori, blancos anglosajones con Martha Chávez de presidenta del Congreso, futuros millonarios con el 53% de la población peruana en pobreza extrema, democráticos a más no poder siempre y cuando la muchacha les recogiera las medias del piso del cuarto y un guachimán sin apellido les protegiera la puerta del edificio. Seamos justos. El hipismo limeño tampoco fue flor de igualdad ni quintaesencia de inclusión. Recordemos que la suspensión del concierto de Santana fue vivida por los jóvenes limeños como una agresión de sanmarquinos indigestos. Pero al menos esos muchachos y chicas setenteros teníamos el humor suficiente como para andar por las calles sin zapatos y la cabeza llena de flores. Los yuppies, en cambio, limeños fueron. Y limeños son los que quedan, que aún andan por allí, acumulando puntaje.

lunes, 15 de setiembre de 2008

JAMES PETRAS: "REFLEXIONES SOBRE EL SOCIALISMO EN EL SIGLO XXI"

A fin de explorar las perspectivas para el socialismo en el siglo XXI, es esencial recuperar algunos de los postulados básicos, en los que se informa sobre el proyecto socialista. Además, es importante recuperar algunos de los avances básicos logrados durante los regímenes socialistas del siglo XXI así como reflexionar de manera crítica sobre la distorsión de sus políticas y políticas fallidas.

En el sentido más amplio es importante recordar que el socialismo supone una mejores condiciones materiales que bajo el capitalismo. Mayor calidad de vida, libertades políticas más amplias y seguridad interna y externa. Respeto, dignidad y solidaridad solo pueden ser entendidas como acompañantes de estos fines materiales, no como sustitutos. El respeto y la dignidad no pueden ser objetivos a largo plazo, privatización a gran escala, sacrificio y retraso en el cumplimiento de mejoras materiales. Los gobiernos que alegan ser socialistas y que tienen la idea de sacrificar los estándares de vida material en nombre de los abstractos principios de la justicia se parecen más a una orden religiosa de “socialismo espiritual” que a un moderno y dinámico gobierno socialista.

Las transformaciones sociales y el reemplazamiento de los propietarios capitalistas por el estado socialista solo se pueden justificar si el nuevo orden puede mejorar la eficiencia y condiciones laborales y puede responder ante los consumidores de la empresa socialista. Por ejemplo, en algunos sistemas socialistas, bajo el pretexto de una “ofensiva revolucionaria”, el estado intervino y eliminó a miles de pequeñas y medianas empresas de venta al por menor alegando que estaban “eliminando el capitalismo”. El resultado fue desastroso. Se cerraron tiendas, el estado fue incapaz de organizar un número alto de negocios pequeños y la mayoría de los trabajadores se vieron desprovistos de los servicios vitales esenciales.

Los estados socialistas del siglo XX crearon con éxito sistemas de salud, educación y seguridad eficientes al servicio de la mayoría de los trabajadores. La mayoría de los estados socialistas eliminó el control extranjero y la explotación de recursos naturales y en algunos casos se desarrollaron diversas economías industriales. En general el nivel de vida aumentó, el crimen descendió, los empleos, pensiones y bienestar fueron asegurados. Hacia el siglo XX el socialismo se dividió por profundas contradicciones que dieron lugar a serias crisis en el sistema. El centralismo burocrático denegó la libertad en los puestos de trabajo y restringió el debate público y el gobierno popular. El exceso de preocupación con la seguridad por parte de las autoridades públicas bloqueó la innovación, el espíritu empresarial y las iniciativas científicas y populares generando un estancamiento tecnológico y la pasividad de la masa. Los privilegios materiales de la élite de los cargos políticos dieron lugar a profundas desigualdades que socavaron en la conciencia popular sobre los principios socialistas e hicieron crecer los valores capitalistas.

Las desigualdades sociales favorecen al capitalismo; el socialismo profundiza hacia una mayor igualdad. Tanto capitalismo como socialismo dependen de que sus trabajadores sean eficientes, productivos e innovadores, para así aumentar los beneficios y sostener el crecimiento del estado de bienestar.

Lecciones del siglo XX para los socialistas del siglo XXI

Los socialistas del siglo XXI pueden aprender de los éxitos y fracasos del socialismo del siglo XX.

Primero: las políticas deben estar dirigidas hacia la mejora de la vida y las condiciones de trabajo de la gente. Esto se traduce en inversiones masivas en viviendas de calidad bien equipadas, transporte público y conciencia medioambiental y de infraestructura. La solidaridad y las misiones con otros países no deberían tener prioridad a gran escala: las inversiones a largo plazo en la expansión y profundización de mejoras materiales para la principal clase interna es la base del régimen socialista. La solidaridad empieza en el propio hogar.

Segundo: la política debería desarrollarse hacia la diversificación económica haciendo especial hincapié en la industrialización de materias primas, invirtiendo más en industrias que generen productos de calidad para el consumo masivo (ropa, calzado, etc.) y en agricultura, para lograr autosuficiencia de alimentos esenciales. Bajo ninguna condición la economía socialista debería confiarse en un solo producto o fuente de ingresos (azúcar, turismo, petróleo, níquel) el cual está sujeto a una gran variabilidad.

Un gobierno socialista debería financiar la educación, los ingresos y las políticas de infraestructura, que son compatibles con sus altas prioridades económicas, sociales y culturales. Esto implica la educación de agricultores y trabajadores del campo, trabajadores de la construcción cualificados (fontaneros, electricistas, pintores) e ingenieros civiles, transportistas y peritos urbanos y rurales de vivienda pública para descentralizar las megaciudades y sustituir el transporte privado por transporte público. Deberían nombrar un cargo elegido por el pueblo que se encargase del medio ambiente y consejos de consumidores para supervisar la calidad del aire, agua, niveles de ruido y la disponibilidad, calidad y precio de los alimentos.

Frecuentemente los gobiernos socialistas del siglo XX alienaron a sus trabajadores desviando grandes cantidades de ayuda a países extranjeros (¡muchos de estos ni si quiera eran progresistas!). Como resultado, las necesidades locales fueron descuidadas en nombre de la “solidaridad internacional”. La primera prioridad del socialismo del siglo XXI es la “solidaridad en casa”. Los socialistas del siglo XX hicieron hincapié en el bienestar desde arriba –gobierno dador y masas receptoras- desalentando la acción local y fomentando la pasividad. El socialismo del siglo XXI debe promover acciones de clase autónoma para contrarrestar a los privilegiados ministros burgueses “socialistas” que usan su puesto para acumular y proteger su riqueza privada a través del poder público. Las organizaciones populares autónomas pueden denunciar la hipocresía de los ministros ricos que atacan a los trabajadores industriales bien pagados como “privilegiados” mientras se desplazan en su Mercedes conducido por chofer y disfrutan de lujosos apartamentos, segundas y terceras “casas de vacaciones” y que mandan a sus hijos a exclusivos colegios privados del extranjero.

El socialismo busca la igualdad social sobre todo: igualdad de ingresos, escuelas y hospitales; igualdad entre clases y dentro de clases. Sin igualdad social, todo lo dicho sobre diversidad, dignidad y respecto no tiene sentido. Los capitalistas también apoyan la diversidad, siempre y cuando no afecte a sus beneficios y riquezas. Los socialistas apoyan que los ingresos y propiedades se distribuyan equitativamente entre todos los trabajadores, blancos y negros, desde granjeros indios hasta trabajadores urbanos, hombres y mujeres, viejos y jóvenes. No hay dignidad si se es pobre y se está siendo explotado; la dignidad se consigue luchando y alcanzando los objetivos socialistas de igualdad social y el aumento de los estándares de vida.

Traducción: José Antonio Bautista García

viernes, 12 de setiembre de 2008

RAFO LEÓN: "FUE SÓLO UNA BROMA"


MAL DE MUCHOS

Fue sólo una broma

Rafo León

Así solían ser las bromas de los limeños en mi época de universitario. Estoy hablando de inicios de los setenta y de la Facultad de Letras de La Católica, cuando esta quedaba en la plaza Francia, los muchachos teníamos que ir con terno y corbata y las chicas con falda escocesa (esas de imperdible en el tablero), medias hasta la rodilla, mocasines con monedita, chompa de cachemira y cartera en el codo. En ese tiempo los limeños eran más que el resto en La Católica, para ellos una isla en el inmenso charco del comunismo y la indiada. Léase San Marcos y las otras universidades, incluida la de Lima, a la que los limeños veían como un reducto de cholos con plata, de quienes podrían ser los hijos de sus mayordomos, limpiados sus orígenes merced al tiempo que tuvo la generosidad de prestarles un futuro, ¡qué vida esta!

Así podía ser una broma cualquiera en esas épocas felices de caminatas por el jirón Camaná y visitas a la librería de Paco Moncloa. En mi sección de primero de Letras había un montón de limeños, y un chico provinciano y de tez oscura que añadía a este handicap el ser un arribista irreducible y sin ninguna dignidad. Si los limeños le pedían ponerse de felpudo, William se echaba boca abajo para que algún Palacios o De Izcue limpiara sobre su espalda las suelas de sus zapatos. El paso de los años, que pone las cosas en su lugar, me ha hecho ver que William en realidad estaba un poco zafado de la cabeza y vivía para sí mismo la fantasía de permanecer al team de esos limeñotes que tenían auto, iban a bailar al Unicornio con chicas vestidas de lamé plateado, hablaban inglés y se sentaban donde un dentista en Miami. ¿Qué necesidad tenía William de haberse hecho de una locura tan humillante? Solo los especialistas en los absurdos de la condición humana tendrán algún día la respuesta.

Así fue la broma que los limeños le hicieron a William. Un sábado por la noche se fueron en mancha a la Granja Azul de Santa Clara, esa donde se inventaron los pollos a lo spiedo, antecedente aristocrático del hoy democratísimo pollo a la brasa. Eran como veinte y William. Ocuparon una gran mesa rectangular que en poco tiempo se llenó de más pollos que los que se compró el congresista Anaya. Harta cerveza y no menos ron regaban el ágape que habría de convertirse en el escenario de la broma. Terminados los pollos, convertidos en cerros de huesos chupados y mordidos hasta los tuétanos, los mozos retiraron la vajilla y trajeron un aguamanil para lavarse los dedos, conteniendo agua enjabonada con limón. El primero en recibir el cuenco fue, digamos, un primate de apellido doble y casa en la avenida Salaverry. Este, siguiendo lo acordado en secreto, en lugar de lavarse las manos se hizo el que bebía. Luego se lo pasó al que tenía a su lado para que haga lo mismo y así, el aguamanil llegó donde William, quien en un acto de comunión con los integrantes de su Valhala, se zampó todo el contenido de líquido desengrasante. Mientras el agua pasaba con dificultad por la garganta de William, los limeños observaban fascinados la concreción de su sueño --hacer que el cholo se dé cuenta de quién es-- aguantando la risa con lágrimas en los ojos. Hasta que William terminó, colorado y resoplando por haberse clavado dos litros de limonada sin azúcar y con su punto de jabón. En ese momento las carcajadas reventaron como las camaretas de una fiesta patronal. Los abrazos, las palmeadas de espalda, los brindis y los parabienes. La cerveza aumentó de caudal, por ahí aparecieron unas botellas de güisqui, la gran broma se había consumado. La pachanga siguió hasta el amanecer y cuando clareó, los Taunus, Ford Falcon, Fairlaine y Corvette de Lima, todos con escape libre, derrapaban por la Carretera Central hacia la ciudad. William habría de despertarse unas horas más tarde tirado sobre el pasto del restaurante, tratando de entender por qué se sentía como si le hubieran puesto una lavativa jabonosa. Eran limeños, limeños son. Y tienen, pues, sus bromitas dicharacheras.