
Lo que se viene puede ser más grave aún de lo que pasó. Aparte de algunos indicadores mañosamente colocados y una que otra sonrisa forzada del presidente Obama, la crisis en EE.UU. no solo sigue su curso, sino que además continúa timoneada por aquellos que la provocaron. Los dueños del poder siguen siendo los mismos. Las elecciones presidenciales en ese país fueron una vistosa puesta en escena para ocultar o dilatar las verdaderas respuestas que la sociedad –y no las grandes corporaciones y su lobby al interior de los tres poderes del Estado norteamericano– está esperando.
Si a ello le sumamos la crisis europea, con estallidos de violencia y muertos en Grecia y situaciones potencialmente similares en España, Portugal, Irlanda, Italia y un etcétera aún oculto, podemos colegir que la inestabilidad no cesa y que, como siempre que hay inestabilidad, pagarán pato los sectores o los países menos protegidos.
Salimos más o menos bien librados de la burbuja hipotecaria producto de un gran delito financiero que nadie llama por su nombre. ¿Saldremos también bien librados de los coletazos de la crisis-madre que ya está en marcha aunque la prensa trate de minimizarla? ¿Tocará costas sudamericanas el drama greco-europeo? ¿Sabremos operar adecuadamente ante el cambio climático con un ministerio del Ambiente que tiene mejores intenciones que capacidades para llevarlas a cabo?
Mientras las preguntas se multiplican, las respuestas se debilitan, se hacen ocasionales y jamás van más allá de la coyuntura. Las luchas intestinas del partido gobernante y la corrupción rampante sustituyen, como temas de reflexión, las cuestiones que harán historia. La ineficiencia y la voluntad de no mirar de frente la realidad es tal que hasta las aparentes cortinas de humo son ya parte indesligable de un modelo social que carece de respuestas a los desafíos de nuestro tiempo.
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