
Alguien dijo que esa reunión de fin de semana entre los europeos era “una caricatura del sistema financiero-liberal”. Toman medidas cuando peligran las bolsas y no cuando mueren los pueblos de inanición. Si la crisis griega se repitiera, como es posible que ocurra en Irlanda, Portugal y España, los fondos necesarios para hacerle frente se elevarán a 500,000 millones de euros. ¿Cuál será el costo, en materia de integración, que pagará la Unión Europea por ello?
La explicación más completa de lo que viene ocurriendo se puede encontrar en las palabras del Premio Nobel de Economía, Paul Krugman. Este procura mostrar la visión contrahecha de quienes defienden sus intereses económicos, la de sus voceros pagados o convencidos y la de quienes son arrastrados por una propaganda que no tiene antecedentes por su universalidad y los gravosos éxitos del sistema. Dice: “Los beneficios del sector financiero estaban justificados porque ese sector estaba haciendo grandes cosas por la economía; canalizaba el capital hacia usos productivos; repartía el riesgo; mejoraba la estabilidad financiera... Nada de eso resulta ahora cierto. El capital no se estaba canalizando hacia los innovadores que crean empleo, sino hacia una burbuja inmobiliaria insostenible; el riesgo estaba concentrándose y no repartiéndose; y cuando aquella burbuja estalló, el supuestamente estable sistema financiero se hundió, con la peor crisis mundial desde la Gran Depresión como daño colateral”.
Explicación simple, sencilla, comprensible y al alcance de quienes no nos hemos internado demasiado en esa ciencia esotérica y muchas veces mercenaria llamada economía. No deja de ser llamativo que Grecia, cuna de nuestra cultura, sea hoy el símbolo momentáneo de este barco a la deriva llamado civilización occidental.
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