sábado, 14 de agosto de 2010

GUILLERMO GIACOSA: "ARMANDO ROBLES GODOY"


El deceso de un cineasta vanguardista

Armando Robles Godoy

Guillermo Giacosa
Perú 21 Online, 14 de agosto de 2010

Armando sabía que iba a morir. No lo digo en el sentido abstracto en el que todos lo sabemos –evitando, si es posible, recordarlo–. Creemos supersticiosamente que el silencio exorciza los fantasmas de la muerte y lo preferimos para no tentar al destino dramático que ha fabricado nuestro propio miedo. Armando Robles Godoy era diferente, no sé si a todos, pero sí a la inmensa mayoría. Hablaba de su propia muerte expresando, al hacerlo, una madurez de espíritu que pocos pueden exhibir y que contagiaba un inexplicable optimismo. La tragedia no entraba en sus palabras: todo era lógico, racional, con la distancia de quien está observando una situación semejante y ajena en la pantalla del cine. En nuestras últimas entrevistas –que para mí siempre fueron un estímulo espiritual e intelectual y, además, una pequeña gran fiesta– Armando solía decir que la muerte era lo más importante que iba a ocurrirle a su existencia. No quería, de ningún modo, estar ausente. Reclamaba, como un derecho, ser consciente de lo que ocurriese. Cuando hablaba sobre ese tema –con la soltura y la distensión que podría ser motivo de una conversación intrascendente–, yo no podía dejar de evocar la amada figura de Leonardo da Vinci, quien tomaba notas por escrito, durante los últimos minutos de su existencia, de las señales que enviaba su organismo. Lo de ambos es, sin duda, amor por la vida. Del bueno. No del que está hecho de temores y culpas, sino del que edifican los hombres libres frente al desamparo cósmico.

Una tarde, en Canal 7, mientras disfrutábamos de la pausa comercial después de haber evocado al aire el tema de la muerte, él o yo, no recuerdo, propuso hacer un programa que reuniera a personas a las que la edad las habilitara para hablar de su actitud ante el fin que se aproximaba. Armando estaba entusiasmadísimo con la idea y comenzamos a barajar nombres de los posibles invitados. Ante una sugerencia mía de un personaje que andaba por los ochenta años de edad como Armando –y que era, además de un hombre sabio, un gran conversador–, el querido cineasta me dijo, contundente, “No, ese no. Ese se muere de miedo”. Mi partida de Canal 7 impidió que concretáramos un programa especial sobre un tema reservado a las iglesias o a los vendedores de humo que, a veces, pertenecen a la misma corporación. A pesar de ser en ese momento yo un casi adolescente de 65 años, insistí en que quería participar, no ya como conductor, sino también como panelista. Armando, luego de constatar que lo superaba en arrugas y que compartía con entusiasmo sus inteligentes observaciones, aceptó mi impertinente propuesta. En este campo no existe la constatación empírica de lo ocurrido. Sin embargo, la coherencia entre su vida y su muerte de muchos seres humanos es ya una enseñanza.

Se fue un hombre libre. Libre como pocos. Aunque nos provoque, no lo vamos a traicionar llorando, y seguirá alojado en nuestro cerebro y desde allí seguirá enriqueciendo nuestras vidas.

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