domingo, 15 de febrero de 2009

PABLO QUINTANILLA: "DARWIN Y LA CIENCIA CONTEMPORÁNEA"


Cuando el 22 de noviembre de 1859 salió a la venta “El origen de las especies”, los 1.250 ejemplares impresos se vendieron antes de la llegada de la noche. Si bien la obra de Darwin causó inmediato interés en todas las áreas de la cultura, las reacciones fueron, con importantes excepciones, disparejas: rechazo dogmático, burda incomprensión o adhesión fanática. Hoy, como cuando el libro salió a la luz, sus ideas siguen generando polémica, pero con la distancia histórica que tenemos podemos elaborar juicios más equilibrados.

Teoría revolucionaria
La idea general de la selección natural es que los descendientes de un organismo heredan aleatoriamente algunos rasgos de este (el concepto de gen fue postulado muchos años después de Darwin). Los rasgos que permitiesen la supervivencia del organismo seguirían reproduciéndose en sus descendientes, mientras que los que no lo hicieran tenderían a desaparecer. En última instancia, los cambios del entorno natural “seleccionarían” a los rasgos exitosos para la supervivencia, que se acumularían a través de las generaciones y producirían todos los cambios evolutivos. Así, no habría rasgos esenciales en las especies, pues estas irían mutando a través del tiempo, adaptándose a diferentes características del medio físico y generando, en plazos suficientemente largos, transformaciones radicales.

Desde sus orígenes, la teoría de Darwin tuvo amplias pretensiones y en eso radica su verdadera revolución. Su objetivo no era solo explicar la aparición y evolución de los rasgos físicos de los organismos (por ejemplo, el pulgar opuesto o la visión en color de los primates), sino también rasgos psicológicos involucrados en formas de conducta compleja, como las emociones o el comportamiento cooperativo. Veámoslo de esta manera: si antes de Darwin uno hubiera preguntado a un científico por qué la mente humana tiene las características que tiene, o por qué tendemos como especie a comportarnos de una manera y no de otra, la respuesta hubiera sido simplemente “porque así somos, porque así hemos sido hechos”. Si bien esta explicación puede resultar cierta en el largo plazo (así fuimos hechos), en el corto plazo es insatisfactoria.

Amplia influencia
En lo relativo a la vida mental, por ejemplo, desde Darwin en adelante los filósofos, psicólogos y neurocientíficos tienen que emplear como una explicación importante de la presencia de rasgos psicológicos en la especie (aunque no como la única explicación), la función adaptativa que estos rasgos tienen. Veamos como ejemplo la capacidad metarrepresentacional. Esta es una habilidad que tienen todos los seres humanos sanos desde aproximadamente los 3 años de edad, que no solo nos permite representarnos el mundo sino también representarnos las representaciones ajenas, es decir, nos permite atribuir a otras personas estados mentales como creencias y deseos, imaginándolos y entendiéndolos. Es discutible si nosotros somos los únicos dotados de capacidad metarrepresentacional (hay quienes dicen que los chimpancés tienen una versión primitiva de ella) pero lo que está claro es que esta capacidad se desarrolló, por lo menos hace tres millones de años, porque era necesaria para la supervivencia de individuos que necesitaban comunicarse, predecir el comportamiento ajeno y comportarse de manera cooperativa. A su vez, la capacidad metarrepresentacional coevolucionó con el lenguaje y con formas complejas de comportamiento social, potenciándose todos ellos mutuamente.

Un naturalista no reduccionista
Pero es necesario distinguir entre una explicación naturalista reduccionista y una que no lo es. La primera sostiene que, en última instancia, la única explicación válida de todos los fenómenos, incluyendo los humanos, es la que puede reducirse a causas naturales; la segunda considera que si bien es en principio posible describir todos los fenómenos en términos estrictamente naturales y explicarlos según sus beneficios adaptativos, esa explicación no es la única válida. Esta distinción es esencial para mostrar la compatibilidad entre descripciones naturalistas, culturales o religiosas. Describir al ser humano como un organismo físico gobernado por las leyes de la naturaleza y producto de la evolución, es perfectamente compatible con describirlo como una criatura cultural o incluso como producto de un acto divino. Darwin mismo era un naturalista no reduccionista y lamentaba algunas interpretaciones reduccionistas que se hicieron de su obra.

En los últimos años se ha producido una explosión de investigaciones y publicaciones en casi todas las disciplinas de las ciencias naturales y humanas, empleándose las ideas de Darwin para explicar fenómenos tan complejos como la consciencia, los sentimientos, el razonamiento lógico, el comportamiento moral, el juicio estético o el libre albedrío. Sería un error suponer que una explicación evolutiva es la única que podría dar cuenta de estos fenómenos, pero sería igualmente ciego no percibir que ellos también podrían tener una explicación natural.

El gran mérito de Darwin
Habrá que comenzar recordando que la tesis de que las especies vivas evolucionan no fue un descubrimiento de Darwin, sino una idea muy antigua. El filósofo griego Anaximandro, en el siglo VI a. C., pensaba que todos los vertebrados, incluidos los seres humanos, descienden de los peces. El propio Erasmus Darwin, abuelo de Charles, defendió el evolucionismo. En el siglo XVIII había muchos científicos que defendían esa hipótesis, el problema es que tenían que enfrentarse a la biología aristotélica prevaleciente, la cual sostenía que las especies tienen una esencia inmutable y eterna.

El gran mérito de Charles, por tanto, no fue postular la evolución sino mostrar el mecanismo en que esta opera: la selección natural. Curiosamente, un naturalista contemporáneo de Darwin, Alfred Russell Wallace, llegó a una conclusión similar prácticamente de manera simultánea, pero fue Darwin quien propuso la tesis con una defensa más completa.

[*] Profesor de Filosofía, Departamento de Humanidades, PUCP.

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