
Antes el mar, frente el cual todo era pequeño, me servía para ejercitarme en relativizar mis penas. Un par de horas frente al “agua grande” –como le llamaba al océano una vieja cocinera brasileña de mis amigos paulistas–, me servía para ordenar la estantería de mis aflicciones y deseos. Ponía en orden mis neuronas y volvía a la lucha como creyente recién confesado. Hoy el espacio ha reemplazado al mar. Leer informaciones como la que acabo de comentar, no solo relativiza mis próximos y ridículos 70 años, sino que me produce una suerte de temblor cósmico que me hace sentir que la vida de cada uno de nosotros es un breve instante de conciencia, destinado a fundirse en esa suerte de matrimonio entre la eternidad y el infinito, que algunos llaman Dios y otros Nada.
Poca importancia tiene su nombre. Lo único que debiera importarnos es no perder la capacidad para ser conscientes que somos, como personas, como sociedades, como naciones, como planeta, como galaxia, una parte ínfima, materialmente insignificante, de una estructura mayor que quizá, algún día, el cerebro humano pueda descifrar. A esos esfuerzos, que nos darán respuestas a interrogantes sobre los que hoy ni siquiera tenemos las preguntas, debiéramos dirigir nuestra energía, en vez de desgastarla malamente en luchas minúsculas por el poder u obsesiones absurdas por la figuración, el dinero o el estatus. Esa es la medida de nuestra humanidad.
Relativizar conduce a la liberación de nuestras dependencias. No es fácil renunciar a las apetencias que la sociedad y la cultura han sembrado en nosotros, pero vale la pena intentarlo en aras de una vida que, por menos egocéntrica, será, sin duda alguna, más feliz, más plena, más solidaria.
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