viernes, 23 de octubre de 2009

GUILLERMO GIACOSA: "LA GUERRA DEBERÍA SER CONTRA LA MENTIRA"


La guerra debería ser contra la mentira

Guillermo Giacosa
Perú 21 Online, 23 de octubre de 2009

Me impresiona profundamente que una comparsa política como la que preside Micheletti en Honduras pueda –desde un país sin ningún otro poder relevante que su situación geopolítica– desafiar las exigencias y recomendaciones de la comunidad internacional. Y en este caso, al hablar de 'comunidad internacional’, hablamos del conjunto de países que la integran y no del selecto grupo de poderosos que se llama a sí mismo 'comunidad internacional’ u 'opinión pública internacional’ cada vez que conviene a sus intereses hacerlo. En este caso, la voz es unánime. Pero esa voz unánime –pareciera– tiene el mismo peso que ostenta la extrema derecha de Estados Unidos que apoya al gobierno de facto en Honduras. Se trata de una comprobación trágica, dramática y vergonzosa. No menos se puede decir de una evidencia que pone, sobre el tapete, la fragilidad de la institucionalidad y las ideas ante la prepotencia del dinero. Esa relativa equidad de poderes presagia guerras y pesares. Los que defienden sus privilegios son más violentos que los que combaten por el hambre que los acosa.

Triste también es comprobar el nivel intelectual y moral de quienes usurpan hoy el poder en Honduras. Las barbaridades cometidas y las contradicciones permanentes en las que incurren, no solo delatan carencia del más elemental criterio político y ético, sino que, además, expresan el absoluto desprecio de la derecha económica por la vida humana y los valores que intentan, no siempre con éxito, sostener nuestra condición de seres dotados de razón.

No es mucho más lúcida la defensa que algunos intelectuales ensayan ante este atropello a los valores democráticos. Decir, por ejemplo, que Zelaya pretendía mantenerse en el poder es un disparate que no solo no resiste un análisis, sino que tampoco requiere un análisis, pues el referéndum que proponía el presidente constitucional de Honduras –asilado hoy en la Embajada del Brasil– se iba a realizar simultáneamente con las elecciones que decidirían quién sería el nuevo primer mandatario hondureño y Zelaya, como es lógico, no se estaba presentando, pues la actual constitución lo prohíbe.

Afirmar, por otro lado, que Mel Zelaya crea problemas al regresar a Honduras, es poner el mundo patas para arriba: el problema lo crearon los golpistas expulsando al presidente legítimamente elegido por el pueblo de esa pequeña nación centroamericana. Es cierto que insistir en regresar, y atreverse a hacerlo sin la venia del Departamento de Estado norteamericano, es una osadía, pero con esas osadías se construye la historia de los pueblos que pretenden mejorar realmente el nivel de vida de los sectores tradicionalmente postergados. Si esperamos la venia que se otorga desde arriba, viviremos en estado de parálisis política, y el orden establecido terminará devorando nuestra capacidad de iniciativa.

Zelaya tiene la cabeza dura, muy dura, y la democracia, la que piensa en el pueblo y no solo en el bolsillo, le debe estar reconocida.

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