
Triste también es comprobar el nivel intelectual y moral de quienes usurpan hoy el poder en Honduras. Las barbaridades cometidas y las contradicciones permanentes en las que incurren, no solo delatan carencia del más elemental criterio político y ético, sino que, además, expresan el absoluto desprecio de la derecha económica por la vida humana y los valores que intentan, no siempre con éxito, sostener nuestra condición de seres dotados de razón.
No es mucho más lúcida la defensa que algunos intelectuales ensayan ante este atropello a los valores democráticos. Decir, por ejemplo, que Zelaya pretendía mantenerse en el poder es un disparate que no solo no resiste un análisis, sino que tampoco requiere un análisis, pues el referéndum que proponía el presidente constitucional de Honduras –asilado hoy en la Embajada del Brasil– se iba a realizar simultáneamente con las elecciones que decidirían quién sería el nuevo primer mandatario hondureño y Zelaya, como es lógico, no se estaba presentando, pues la actual constitución lo prohíbe.
Afirmar, por otro lado, que Mel Zelaya crea problemas al regresar a Honduras, es poner el mundo patas para arriba: el problema lo crearon los golpistas expulsando al presidente legítimamente elegido por el pueblo de esa pequeña nación centroamericana. Es cierto que insistir en regresar, y atreverse a hacerlo sin la venia del Departamento de Estado norteamericano, es una osadía, pero con esas osadías se construye la historia de los pueblos que pretenden mejorar realmente el nivel de vida de los sectores tradicionalmente postergados. Si esperamos la venia que se otorga desde arriba, viviremos en estado de parálisis política, y el orden establecido terminará devorando nuestra capacidad de iniciativa.
Zelaya tiene la cabeza dura, muy dura, y la democracia, la que piensa en el pueblo y no solo en el bolsillo, le debe estar reconocida.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario