
Un informe señala que se trata de una reducción “sin precedentes” entre los súper ricos, pero subraya, para tranquilidad de todos, que lo que ellos han perdido solo equivale a las ganancias que acumularon a lo largo del 2006 y del 2007. Como anécdota recordaremos que Estados Unidos alberga al 28.7% de los súper ricos; que, en diciembre del año pasado, uno de estos raros especímenes compró, en Londres, un diamante que le costó 24.3 millones de dólares (y que seguramente reposa en una caja fuerte), y que, entre el 2002 y el 2007, la riqueza combinada de las personas con alto patrimonio neto creció a un ritmo de un 9% anual. Teniendo los súper ricos un importante peso político y no habiendo perdido nada que realmente puedan sentir, ¿gravitarán para que, en el futuro, se apliquen las mismas medidas que les ayudaron a incrementar sus patrimonios y que tanto afectaron al resto de la población mundial? Seguramente sí.
Como contracara de esta crónica de la abundancia material, leí que, en Buenos Aires, al entregársele una importante condecoración al escritor uruguayo Eduardo Galeano, este dijo: “Yo no conozco dicha más alta que la alegría de reconocerme en los demás. Quizás esa es, para mí, la única inmortalidad digna de fe. Reconocerme en los demás, reconocerme en mi patria y en mi tiempo, y también reconocerme en mujeres y hombres que son compatriotas míos, nacidos en otras tierras, y reconocerme en mujeres y hombres que son contemporáneos míos, vividos en otros tiempos”. Habla de valores que nada tienen que ver con la riqueza material, pero que tienen, por ser valores del espíritu, una perdurabilidad superior en el tiempo a la que representan los valores materiales.
¿Existirá entre los súper ricos esa alegría de reconocerse en los demás? Esa plenitud que, sin negar nuestra individualidad, reconoce al otro y en el otro una extensión de los propios sueños y, además, comparte la sensación de ser solidarios en esta inexplicable y muchas veces trágica aventura de la especie humana sobre el planeta Tierra.
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